Sol, playa y arena
Son las nueve de la mañana y el sol ya me esta mirando con mala inteción desde el parabrisas.
Cuatro adultos, ollas envueltas en mantas —por si la comida se enfria en las 3 horas del caluroso viaje hacia la costa—, tres botellas de agua, toallas, mochilas, objetos que a alguien se le ocurrió llevar como si fuera a mudarse de forma definitiva al hemisferio sur de la arena, y un pareo rosado sin dueño declarado, sin historia, sin explicación posible. Todo eso dentro de mi carro. Yo, al volante. Conductor oficial de la expedición solar más innecesaria del verano.
Nadie en esta familia tiene idea de lo que está haciendo.
Yo tengo piel morena. Morena de las que llaman color carton, color chaufa, colo humildad, no la aspiracional de los gringos blancos que pagan por bronceado en spray en una cabina. Soy mestizo de cepa, con melanina heredada de generaciones que resolvieron el problema ultravioleta mucho antes de que existiera el FPS 50. ¿Entonces para qué? ¿Para qué varias horas bajo el astro rey como lagarto en proceso de cocción lenta? ¿Para llegar a casa exactamente igual pero con menos vida útil?
La respuesta tiene nombre y apellido: la cuñada.
Morena de la misma cepa que yo —pelo rizado, oscuro, con una energía cinética propia que no necesita viento para moverse— pero con una relación con el sol radicalmente diferente a la mía. Para ella el calor no es una amenaza. Es un hábitat. Es el estado natural al que regresa como lagartija a la roca después del invierno. Ama la playa con la convicción religiosa de los que nacieron cerca del mar y nunca terminaron de alejarse del todo. El sol le sienta bien. El agua salada le sienta bien. La arena entre los dedos le sienta bien. Ella es el tipo de persona que llega a la playa y suspira. De satisfacción. Voluntariamente.
¿Y si vamos todos a la playa el sábado?
Así. En una visita familiar. Un domingo por la tarde, en la cocina, dando la ultima cucharada de la cena. Sin más preámbulo que esa pregunta que en la boca de la cuñada no suena como pregunta sino como la constatación de algo que ya ocurrió y que el resto del universo tiene que ponerse al corriente.
Mi esposa respondió que sí con una velocidad que sugería que llevaba semanas esperando que alguien lo dijera. Qué bonito sería ir todos juntos, dijo. Y en ese momento, en ese preciso instante donde la ilusión colectiva se formó como cristal en solución saturada —irreversible, inevitable, hermosa para quien no tiene que manejar y odiar el calor— yo ya estaba condenado. No hubo votación. No hubo consulta. Hubo dos mujeres que se miraron con esa complicidad específica que precede a los planes que otros van a ejecutar, y el plan existió.
El carro no tiene aire acondicionado.
Tiene un ventilador interno que muchos confunden con aire acondicionado —y entiendo el error, es un malentendido que los fabricantes llevan décadas cultivando con toda la malicia del capitalismo de bajo costo— pero no lo es. Lo que hace es capturar el aire caliente del exterior, circularlo por el motor, calentarlo tres grados adicionales, y devolverlo a la cabina con una corriente que huele levemente a aceite quemado y a promesas incumplidas. Por el parabrisas: Una pista negra con líneas blancas y amarillas que se extiende hacia el horizonte con la insolencia de las cosas que no terminan.
Pienso en mi cama. Pienso en la pantalla encendida, en la computadora con el problema que estaba a punto de resolver antes de que alguien dijera playa. Pienso en ese libro que nunca termino de leer, página ciento cuarenta y dos. En su lugar, tengo sol, sudor y cuando regrese arena metida en lugares donde no debería poder llegar.
Uno de los cuñados se adelanta en la autopista con la urgencia biológica de alguien que acaba de recordar que dejó el gas abierto. Pisa el acelerador, cambia de carril con la serenidad de un piloto de combate en maniobra evasiva, desaparece en el horizonte de calor. No entiendo la prisa. No tengo prisa. Prefiero un ritmo que permita sobrevivir el trayecto y llegar con el mismo número de neumáticos con que salí.
Al entrar a la ciudad, el tráfico se vuelve lo que siempre se vuelve: un argumento definitivo contra la civilización. Un kilómetro para llegar a la playa. Un kilómetro que tomarán treinta minutos porque esto es un sábado de verano y toda la ciudad de Arequipa tuvo la misma revelación simultánea de que el mar existe y que es gratuito. El cuñado está ahí, cuatro carros adelante. Me ve por el retrovisor. Yo lo veo a él. Los dos sabemos que llegamos al mismo tiempo. Nadie dice nada.
El estacionamiento es un diagnóstico de la condición humana: ciento de vehículos disputando pocos espacios con la convicción irracional de que el lugar que buscamos existe y está a punto de liberarse. El cuñado encuentra uno. Entra. Celebra. Yo sigo circulando. El carro es en un horno con volante. Quinientos metros después encuentro un espacio cerca a un poste inclinado con intención de caerse, y lo estaciono ahí a lado con la resignación tranquila de que ya no puede ser peor.
El sol en Mollendo es otra categoría. No es el sol de Arequipa con sus 28º a 30º celsius en la hora pico. Es el sol reflectado en el agua, amplificado por la arena, rebotado en los cuerpos de ochocientas personas apiñadas en cien metros de playa pública —un golpe de energía solar que llega desde tres ángulos simultáneos y cocina con una eficiencia que los hornos de microondas llevan décadas intentando replicar sin éxito.
Solo a uno se le ocurrió traer sombrilla.
Una. Circular. Para tres personas, máximo, si esas personas tienen una relación física muy cercana y se quieren de verdad. Somos varios adultos más los sobrinos —ninguno de ellos con el reflejo de quedarse quieto más de doce segundos seguidos— y el reggaetón de los vecinos de playa.
Me siento bajo la sombrilla con la resignación técnica de un operador de planta nuclear que ya aceptó que el reactor va a explotar y su único trabajo ahora es contener el daño.
Hay una línea entre el optimismo y la psicosis activa. Decido cruzarla. Me propongo construir algo —un castillo de arena con los hijos de los cuñados, con foso y torres y un sistema defensivo primitivo que no resistirá ni la primera ola pero que ocupa las manos y justifica estar aquí. Y después caminar por el borde del agua con mi esposa, el agua a los tobillos, el horizonte adelante, la brisa que sí existe en la orilla y que sí es fresca y que nadie se le ocurrió mencionar abrir la ventana cuando estábamos camino aquí.
Lo hago. Los dos caminamos.
No hablo del inclemente calor y sudor. No hablo del ventilador que no es aire acondicionado. No hablo del error que estaba a punto de corregir. No hablo de la página ciento cuarenta y dos.
Es hora de irse.
Las carpas que vinieron en su estuche correcto son ahora varillas sueltas que sobresalen por encima porque nadie tuvo la paciencia geométrica para recordar en qué orden exacto entraban. Las ollas vacías que ocupan más que las ollas llenas, fenómeno sin explicación. Los objetos adicionales que nadie recuerda haber traído pero que forman parte del inventario oficial del regreso. El pareo rosado, todavía sin dueño.
Y entonces la conversación.
La conversación sobre quién se va con quién. Todos tienen espacio, y yo tengo el mío, y la lógica natural —la lógica que cualquier sistema de distribución de adultos autónomos aplicaría sin esfuerzo— es que cada uno se vaya con quien vino. Pero la lógica natural no aplica aquí. Lo que aplica es una ecuación moral de conveniencia geográfica que se resuelve en mi contra: alguien no quiere regresarse con quien vino.
Emprendemos el regreso.
El tráfico de vuelta tiene la densidad de la arena que todos llevamos pegada en la ropa. Ciento cuarenta kilómetros de carretera con el sol de costado —ya no de frente, lo cual es técnicamente una mejora— y los pasajeros dormidos. Todos. El cuñado y el suegro con la cabeza inclinada hacia la ventana. Todos apilados con la naturalidad inconsciente de quienes ya cumplieron su función del día y no tienen más responsabilidades pendientes. Nadie lleva el volante excepto yo. Nadie tiene que estar atento al horizonte excepto yo.
Los dejo en su casa. Descargo sus cosas, Me despido. Arranco.
Me quedan cuarenta minutos más de ruta hasta donde vivo, que queda lejos, que siempre queda lejos, que según todos los cálculos ajenos queda cerca porque la categoría de lejos la reservan para lo que les inconviene a ellos. Así funciona la geografía familiar: elástica, subjetiva, invariablemente organizada.
Hay un momento, llegando ya, cuando las calles se vuelven familiares, cuando pienso en mi esposa.
En cómo se escapaba del agua. En cómo se rió cuando la ola le llegó más arriba de la cintura. En cómo caminó por la orilla con los pies enterrándose en la arena húmeda y miró el horizonte con esa expresión que tiene cuando algo le parece suficiente.
No le pregunté si lo disfrutó. No hizo falta.
Por eso lo hago. Por eso aguanto kilómetros de carretera y doblo y guardo carpas de formas incorrectas —sí, fui yo— y conduzco de vuelta con todos dormidos menos yo. No por el mar. No por la biología colonial de la familia que decide sin preguntar.
Solo por eso. por mi esposa.